¡Quieto todo el mundo! Treinta y seis años han pasado desde aquel 23 de febrero de 1981, donde la frase de «quieto todo el mundo» del teniente coronel Tejero parece que ha llegado hasta hoy. Quieto todo el mundo, porque las circunstancias que rodearon aquél oscuro intento involucionista siguen sin aclararse adecuadamente. Después de 36 años, todo el mundo ha permanecido quieto, no se ha querido poner luz a uno de los momentos mas vergonzosos y bochornosos de nuestra historia. Se ha querido ocultar en aras de la seguridad nacional, se ha quedado como un secreto de Estado ese ominoso 23-F repleto de claves ocultas e historias no contadas.

El domingo, 22 de febrero de 1981, estaba haciendo el servicio militar en el Centro de Instrucción de Reclutas (CIR nº 1), de la Base San Pedro en Colmenar Viejo (Madrid), era el día de nuestra jura de bandera. Tiempos de convulsa situación económica, social y política, con malestar institucional en el Ejército debido al terrorismo etarra y a la puesta en marcha del Estado de las autonomías. Nada hacía presagiar a un joven recluta que al día siguiente habría un intento de golpe de Estado y que estaría durante todo el servicio militar como policía militar al lado de Tejero.

No sabemos si fue un verdadero golpe militar, si detrás estaban empresarios, banqueros, adinerados y las más altas instancias de la nación. Solo sabemos que unos diputados trataban de ponerse de acuerdo para formar Gobierno y por otro lado unos guardias civiles quisieron disolverlo todo a tiros en ese oscuro intento involucionista. El intento de golpe de Estado, no solo fue «ruido de sables» que llegaba desde los cuarteles fue algo más.

Desde aquel asalto al palacio de la Carrera de San Jerónimo por unos guardia civiles con gritos cuarteleros, tiros, empujones y humillaciones chillando «quieto todo el mundo», a la segunda fase del plan de un Gobierno de coalición con socialistas, centristas y comunistas, presidido por el general Alfonso Armada, no se sabe nada. Tampoco se sabe nada del porque Milans del Bosch accedió a retirar sus carros de combate de Valencia; cómo fue el proceso de prometer lealtad de los capitanes generales al jefe supremo del Ejército, es decir al Rey… El rey habló por televisión, los españoles respiraron tranquilos. La democracia española y la corona se habían salvado. La pesadilla se había acabado.

No querían que supiéramos la verdad, no interesaba saber el por qué, ni siquiera saber si era un intento de golpe de Estado por parte de unos cuantos guardias civiles y militares nostálgicos del anterior Régimen o había algo más. Se instauró el silencio, el «quieto todo el mundo», el secreto mejor guardado en aras a una sociedad democrática y de pluralidad política, a costa de no saber toda la verdad…

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