Decía Nicolás Maquiavelo que: «La política es el arte de engañar». Engañar, es no hablar claro, es prometer lo que no se puede cumplir, es en definitiva, no decir toda la verdad. Estamos en campaña electoral y los políticos se aferran en prometer cosas que no pueden cumplir, lo que no sabemos ciertamente es si son conscientes o no de dicho engaño. Por lo tanto, no sabemos si nos engañan o son ellos mismos los engañados, porque lo peor es engañarse a si mismos.

El escepticismo hacía la política o debería decir hacía los políticos, comienza cuando nos sentimos engañados. Cuando «donde dije digo, digo diego», cuando lo que se prometió se entendió de manera equivocada, cuando se dicen mentiras y encima quieren que nos las creamos. La primera vez que nos engañan la culpa es del mentiroso, pero la segunda vez ya es nuestra, por dejarle que nos engañe.

En una democracia  los políticos nos pueden mentir o engañar, pueden ser corruptos, Pero la democracia a través del voto, de las elecciones, puede hacer «pagar» la mentira y la corrupción votando a otros. Por lo tanto, el problema no es solo de la política y de los políticos, ni incluso del sistema, el problema es de nosotros, de los ciudadanos que permitimos la degeneración de las prácticas políticas con nuestra tolerancia, sea votando a los mismos o creyendo que todos son iguales.

Antes de acudir a depositar nuestro voto, las encuestas nos permiten conocer las opiniones y actitudes de los votantes, antes de votar «se da por bueno» que ganará de nuevo el PP. La demoscopia, se equivocará o no, pero está marcando una orientación a los votantes, tanto a los que quieren votar al PP, a los que no quieren que gane Unidos Podemos, a los que no quieren que desaparezca el PSOE e incluso a los que se van a quedar en su casa. Los resultados que nos ofrece la demoscopia es independiente al grado de engaño y corrupción de los partidos. Y, lo más grave, es que los resultados definitivos de las elecciones no castigan tampoco la mentira ni la corrupción.

En la sociedad española, generalizando y con todas las excepciones que se quiera, la mentira y la corrupción no se considera como algo grave. Se admira al mentiroso, al que es capaz de esquivar la ley, al que roba… Se desprecia al tonto, al que no es capaz de engañar. Y eso se evidencia también en los procesos electorales.

Yo no comparto que los políticos siempre nos engañen, me da miedo la pérdida de confianza en las personas que nos representan, el desprecio absoluto hacía los responsables de las Instituciones del Estado, la falta de transparencia e independencia de la Justicia. El descrédito de la política, es malo para la democracia y por eso sigo manteniendo con mi humilde voto el 26-J, para que las cosas cambien, una oportunidad para regenerar la democracia.

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