A los seres humanos nos han educado sobre la base de una información binaria y emocional: los buenos y los malos. Desde pequeños en nuestra educación familiar, social y mediática, siempre ha existido esa dualidad: Dios y el demonio, blanco y negro, Caperucita y el lobo, la bruja y la Cenicienta; los indios y los cowboys; los comunistas y los demócratas, los capitalistas buenos y los explotados malos; los religiosos y los ateos; los «de derechas» e «izquierdas»…

Las palabras «bueno» o «malo», bien y mal, son conceptos que muchas veces se les da un sentido absoluto, pero también pueden ser totalmente relativos según quien haga dicha división. Ser bueno no es una suposición es la consecuencia de la actuación humana, lo que va a favor de las personas, de la comunidad y lo malo es aquello que va en contra, en definitiva lo que no nos conviene.

Al hablar sobre el bien y el mal, sentimos muchas veces la seguridad de que estamos tomando decisiones correctas o por lo menos acertadas, y que vamos por el camino correcto. Calificamos algo de «bueno» o «malo» desde nuestra propia conciencia, y lo hacemos actuando como jueces absolutos.

Mariano Rajoy prometió una campaña “en positivo” y siempre ha dejado que sean sus teloneros los que ataquen a sus rivales. Pero los nervios, el final de la campaña o simplemente el ansia de ganar le ha hecho pedir el voto dividiendo entre buenos y malos, en referencia a Unidos Podemos: «Os pido ayuda. Decidle a todos que es muy importante concentrar el voto moderado porque, cuando se divide, se acaban aprovechando los malos, los radicales y los extremistas”, declaró hoy sábado en un mitin en Santa Cruz de Tenerife.

Ellos, el Partido Popular se supone que son los buenos: el voto moderado, el de las personas sensatas que no quieren radicalismos, los que creen en la unidad de España, los que no han salvado del rescate, los que prometen millones de nuevos empleos… Mientras, los malos son los que destruirán el país, los radicales, los que tienen a Venezuela y a Grecia como modelo, es decir Unidos Podemos.

El discurso del miedo, de nuevo quiere movilizar al electorado del PP, recuperar a los que votaron a Ciudadanos y a los que se quedaron en su casa el pasado diciembre. De momento ellos han trazado una línea entre buenos y malos, pero yo no tengo claro si los que se autodenominan «buenos»: los responsables del rodillo, de no haber buscado pactos ni consensos; los que han menospreciado la fractura social y sacrificado a los ciudadanos; los que no han puesto líneas rojas ante la corrupción y no han buscado una solución política a una crisis política en Cataluña; los que han basado su política en los recortes, en tasas inasumibles de paro, en problemas con la vivienda y la exclusión social…. No se puede uno creer tan bueno ni los otros tan malos, porque la distancia para estar en cualquiera de los extremos es muy corta.

 

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