El malestar social surge cuando cada sujeto no encuentra su estado de bienestar, cuando no se puede soportar el grado de frustración que le impone la sociedad. Ahora bien, la libertad y la democracia no son bienes suficientes para conseguir la felicidad de sus ciudadanos, la sociedad impone limitaciones, restringe e impide que todos y todas lleguen a dicho estado de bienestar. Incluso se alcanza a tener un cierto sentimiento de culpabilidad y de conformismo, al aceptar que hay personas que tienen más posibilidades de alcanzar el estado de bienestar que otras. El objetivo de la sociedad es establecer una comunidad de individuos, pero la felicidad individual es desplazada a segundo plano. Hay un conflicto, entre el individuo y la sociedad, que es el dinero, que cada uno resuelve como puede. El problema es cuando se sale de una crisis económica, y después una pandemia de dos años, y otra crisis económica, el aumento de la inflación, las manifestaciones del campo, del transporte, el desabastecimiento de productos y además una guerra en Europa. La individualización generalizada de las condiciones de vida nos hace creer que cada cual debe buscar soluciones personales a problemas producidos socialmente, pero llega un momento que la precarización de la existencia nos coloca al borde de la catástrofe.

Cuando nos preguntamos: ¿Hasta cuándo podremos aguantar? Cuando la política sigue siendo completamente ajena a las posibles soluciones. Cuando las tristezas, los malestares y las penurias no basta con compartirlos en espacios privados. Cuando en el comportamiento colectivo existe un malestar social, cuando la situación de desequilibrio económico y político no responde a canalizar las expectativas de las personas. Se está expuesto a las garras del populismo de la extrema derecha. Aparte de su discurso ultranacionalista, anti-inmigratorio y anti-feminista, se convierten ahora en un partido protesta, a favor de cualquier reivindicación que pueda sacar partido, de cualquier sector que suponga un desgaste al Gobierno y aprovechando la creciente desafección política. Por eso, nos acostumbramos a que la ultraderecha esté detrás de la barrera de la manifestación del campo del pasado domingo en Madrid o en la actual huelga de transportistas, en una determinada plataforma.

El objetivo de la ultraderecha es elaborar relatos, que cuando hay malestar social, pretenden marcar la agenda mediática y condicionar la opinión pública. En definitiva, aspiran a influir en la opinión pública, aunque los objetivos que persiguen con ello son muy diversos, sobre todo hacer daño a la democracia. Ya que no consiguen ganarse a la gente con sus ideas racistas y antidemocráticas, se centran en apoyar reivindicaciones para ganar fines similares, consiguiendo generar sensación de respaldo popular. La ultraderecha está buscando en el malestar social, con explicaciones sencillas y conspirativas, difundir el racismo y el odio. Y, ganar a esos ciudadanos que no son fascistas, simplemente son personas muy normales con problemas muy normales, que no encuentran soluciones en la política tradicional.

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