Quizás la similitud entre política y religión, es que ambas buscan un mundo mejor. En la religión existe la figura de los predicadores que pronuncian sermones y homilías, ahora, nos encontramos con unos nuevos predicadores  disfrazados de políticos. Unos charlatanes que se convierten en telepredicadores aprovechando los medios de comunicación y las redes sociales para atacar con insultos y descalificaciones a todos los que piensan diferente. No se conforman con anunciar, proclamar y compartir sus ideas, se convierten en especialistas de mensajes de odio, para vendernos mentiras a cambio de nuestro voto.

No quiero decir con ello, que todos los políticos sean igual. Prometen lo que piensan que la gente quiere escuchar, repiten una y otra vez lo mismo, como si no hubiera más argumentos, ni temas. Su defensa es siempre un ataque. Parece como si la imaginación hubiera muerto y muchas veces a fuerza de repetir una mentira, quieren convertirla en verdad. Les importa más su carisma de comunicadores y su narcisismo, que lo que realmente dicen. Han creado una nueva forma de hacer política, sin ningún esfuerzo intelectual, olvidándose que están para servir al conjunto de la sociedad.

Predicadores de la política que han venido por un cargo, por un sillón, que son incapaces de dimitir a tiempo y de no engañar. Porque el principal mandamiento de un político, debería ser no prometer lo que no se puede cumplir, es decir no decir mentiras. Y, después acostumbrarse a que no respondan las preguntas que se les hace, a usar frases prestadas y citas célebres para llenar un discurso o simplemente plagiar sus ideas de otros. Y, sobre todo buscar la forma de desprestigiar y atacar al adversario. Parece, que son menos importantes los argumentos propios, que desmontar los de los demás.

Predicadores de la política que siempre están en la posesión de la verdad, que parecen más que escogidos por el pueblo elegidos por un ser superior, que mienten y manipulan. Que tienen la convicción de ser perfectos, que no se equivocan, que son los salvadores que no podemos poner en tela de juicio, que sus palabras son dogma y a nosotros solo nos queda creer en ellos. Solo les interesa nuestro voto, después se olvidan de todas las promesas. Donde casi todo es superficial, donde se olvidan de todo lo bueno que hicieron los demás, donde la referencia constante es decir todo lo que hacen mal los adversarios.

Estos predicadores de la política, son los culpables del descreimiento en la política, son los culpables de la abstención. Son los responsables por su falta de contención de que muchos se planteen que la democracia no funciona y que sean capaces de votar a partidos populistas, que convierten los problemas en soluciones fáciles y que engañan aún más. Parece que los votantes estamos expuestos a ser engañados por unos o por otros, por eso nuestro voto no debe ser solo por ideología, ni por imagen, ni por pasión, ni por votar en contra, ni siquiera por promesas, debe ser una reflexión en la cual nos podemos equivocar, pero que nunca sea por culpa nuestra. Votar cuatro veces en cuatro años, quizás es demasiado, pero peor es no votar en cuarenta años…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.