Una calumnia es una acusación insidiosa, que se realiza con el objetivo de provocar un perjuicio. Se pone públicamente en tela de juicio, sin fundamentos ni pruebas, la honorabilidad de una persona con el objetivo premeditado de ensuciar su imagen. Y, pese a su falsedad, casi siempre logra una parte de sus objetivos: «calumnia, que algo queda».

Cuando se hacen acusaciones falsas, infundadas y calumniosas, cuando se emplea la calumnia como arma política es que se tiene muy pocos argumentos para convencer y muchos para hacer daño. Calumniar es sumamente fácil, en los medios de comunicación, en la redes sociales y también, en la tribuna de oradores del Congreso de Diputados, cuando algunos se tornan en soberbios, deslenguados y hostigadores llamando golpista al presidente del gobierno. 

El lenguaje en la política se basa hoy en día en la ofensa, en la grosería, en la inconveniencia y en la calumnia. No se salva ningún partido, da igual sean de derechas, centro o izquierdas. Aunque el Partido Popular siempre ha sabido poner, con gran maestría, el ventilador del estiércol, para llamar «etarras», «bolivarianos» o «golpistas» a sus adversarios políticos. Parece que todo vale, para este mundo «fake».

Cuando Pablo Casado, pronuncia hoy en el Congreso de los Diputados, la frase de la polémica:  «¿Usted no se da cuenta de que es partícipe y responsable de un golpe de Estado que se está perpetrando ahora mismo en España?», le estaba llamando «golpista». Perdemos las formas, la educación y el respeto, ni se debió llamar a Aznar, asesino; ni se puede echar en cara al PSOE la «cal viva»; ni a Rajoy, llamarlo  indecente. Cuando acusamos así, nos descalificamos también a nosotros mismos. Un golpe, de Estado, es lo que dio Franco y sus casi 40 años de dictadura, que sigue loado por muchos de los que llaman «okupa» y «golpista» a Pedro Sánchez. Ni siquiera podemos llamar golpistas a lo ocurrido en Catalunya en octubre de 2017, porque no hubo rebelión ni recurrieron a la violencia.

No se puede atacar la legitimidad del gobierno de Pedro Sánchez, porque la única novedad, es la de ser el primer Gobierno que surge de una moción de censura y que ha pactado con nacionalistas, como lo hicieron otros gobiernos del PP y del PSOE. Eso no es una traición a España, ni significa dar el gobierno a separatistas y a bolivarianos. Pedro Sánchez es el presidente democrático de España, escogido con el apoyo de la mayoría del Congreso, lo que le convierte en un presidente legitimo que no hace falta calumniar.

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