Los «chalecos amarillos» son un movimiento que ha aparecido en Francia como protesta contra el aumento de los impuestos de los carburantes y las reformas neoliberales de Macron. Un movimiento espontáneo, horizontal, de indignación sin ideología y sin líderes, cuya politización se la disputan la extrema derecha y la extrema insumisa. Los «gilet jaunes» son la expresión de un malestar social de la población francesa, no son de derechas ni de izquierdas, no están organizados, rechazan todo lo que representa al poder, luchan contra el sistema y son capaces de hacer desestabilizar el gobierno francés de Macron con sus chalecos amarillos.

La indignación de cientos de miles de hombres y mujeres, que paralizan carreteras y toman zonas en el corazón mismo de París, con un único elemento simbólico y unificador que es un chaleco amarillo, pero sin ideología, donde Macron, el «presidente de los ricos» es el principal objetivo de las críticas y que ha tenido que dar su brazo a torcer frente a sus demandas. Frustración y descontento de los franceses, por su falta de poder adquisitivo, por no poder pagar el combustible, los alquileres o los impuestos, donde algunos partidos políticos quieren sacar réditos del movimiento.

La sociedad está cambiando, la indignación se unifica en movimientos no organizados, difíciles de contrarrestar, donde unas reivindicaciones muy básicas pueden suponer una revolución social. Los partidos políticos tradicionales no son capaces de dar a los ciudadanos lo que necesitan, por su conservadurismo político y social, solo quedan los grupos antisistema y los partidos populistas. Y, los dos aunque sean dos extremos, pueden estar muy cerca, los dos buscan a temas complejos soluciones fáciles.

Es el fin de la ideología, la renuncia a toda doctrina política, el fin del orden establecido y una provocación contra todo lo que conocemos por cansancio o por indiferencia. Los olvidados, los indignados de la sociedad ya no creen en los discursos políticos, no les importan los principios ni los valores que venden los políticos y están cansados de la ineptitud del poder. Se juntan los antisistema, los anarquistas, los viejos hippies, los que han sido de izquierdas y también los que pueden votar a la extrema derecha. Son el refugio de los que tienen todo perdido, los que se ponen un chaleco amarillo en Francia o llenaban una plaza en el 15-M en España, en 2011.

La desigualdad entre unos y otros, buscar una alternativa al neoliberalismo, atacar al poder establecido, luchar contra la corrupción  y la crisis, contra el paro y la precariedad, contra los medios de comunicación tradicionales, contra el encarecimiento de los carburantes o buscar una democracia más participativa… El objetivo, es buscar siempre, soluciones fáciles a temas complejos, donde un votante del partido comunista, puede llegar a votar a un partido de extrema derecha. Ese es el peligro y la extrema derecha lo sabe y se está aprovechando para ganar cada día más votos…

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