Sí, yo fui un indigente, pero debo añadir que fui un indigente privilegiado, respecto a otros que están abandonados en las calles. Aunque, supe lo que fue carecer de lo necesario para vivir, que me faltaran ingresos, no tener empleo, vivir casi dos meses en un coche… Nadie está preparado para perder la estabilidad, para caer en un pozo que cada vez es más difícil salir. Todo eso no lo tenía previsto en mi agenda profesional, ni personal.

Cuando ves a indigentes que vagabundean por las calles, deberíamos hacernos preguntas acerca de las circunstancias que desencadenaron que estas personas tengan esta forma de vida. Personas que vemos en las calles, al lado de los cajeros, durmiendo en la calle, pasando frío y calor, sin aceptar los centros municipales de acogida o albergues. Hombres y mujeres vulnerables, desamparados, a veces temidos y casi siempre repudiados. Personas de mirada perdida, llenas de desolación, solas e inmiscuidas en su propio mundo. Personas alcohólicas, maltratadas, con problemas de drogadicción, con múltiples dependencias, esquizofrénicos, enfermos en general… Personas inmigrantes, sin casa, sin familia, carentes de todo y condenados a la marginación.

Sí, yo fui un indigente. Fue en los meses de diciembre de 1996 y enero de 1997. Era la primera vez que no tenía trabajo, era la primera vez que estaba solo, era la primera vez de tantas cosas e incluso la de ser indigente. Tenía demasiado orgullo para dejarme ayudar por los demás… Decidí dejar mi piso, regalé lo que tenía… Cogí mi coche, me llevé una maleta con ropa, mi agenda, mi ordenador portátil y mi teléfono móvil. Y, ligero de equipaje comencé a ser un indigente, que ayer fue un ejecutivo y ahora dormía en estaciones de servicio, peajes de autopista y apenas tenía para comer.

Un indigente extraño, estamos de acuerdo. Un indigente que se camufló, durante casi dos meses en un coche. Pasando mucho frío por las noches. Enviando currículums a centenares de empresas, con disponibilidad geográfica absoluta. Sevilla, Málaga, Córdoba, Madrid, Burgos, Gualajara, A Coruña, Alicante, Zaragoza, Barcelona…  Miles de kilómetros. Entrevistas de trabajo con personas conocidas y muchas desconocidas. Los que me conocían, me decían «no tengo nada para ti», «tú vales mucho, espera», «eres un gran profesional»… Los que no me conocían, les sorprendía que buscara trabajo. No hay nada más cruel que contar tu currículo a una persona que la tienes que convencer de que eres el mejor candidato para dicho puesto, aún estando convencido de que eres el fruto de un fracaso personal.

Los días pasaban, seguía sin encontrar trabajo, tenía que reservar las pocas pesetas que me quedaban (porque aún no había euros) para gasolina, para cartas, para sellos, para fax y para conectar mi portátil a través de un módem. Me quedaba a dormir en la última ciudad que tenía una entrevista, esperando una llamada para desplazarme a otro sitio. Así un día tras otro. Pasé la Navidad, la Nochevieja y Reyes solo en mi coche. Con la única distracción de visitar supermercados y grandes superficies, para pasar el tiempo. Lo que yo un día planifiqué, inauguré y gestioné me servía para guarecerme del frío, olvidarme de mi situación y comer de las degustaciones.

Mi indigencia, estaba lejos de la miseria extrema, pero me faltaba una casa, me faltaba un trabajo, me faltaba dinero…  Me miraba en el espejo de todos esos indigentes que se ven por el día, pero principalmente por la noche. Me veía reflejado en esas personas condenadas a vivir de una forma inadecuada y me daba miedo que el siguiente paso fuera perder mi coche, no tener dinero para moverme y acabar durmiendo en la calle. Sí, yo fui un indigente. Un nuevo patrón de indigente, de un ejecutivo, de una persona formada y con un amplio currículo, que otrora llevó una vida acomodada. La indigencia fue poner punto y aparte a una vida pasada y el comienzo de una vida nueva y diferente. Pero, nunca olvidaré ese infierno que es la calle y esos condenados que pagan por sus pecados, sin saber muchos cuál ha sido el pecado principal que les ha traído hasta allí.

Un comentario sobre “Yo fui un indigente privilegiado.”

  1. Fracasar es algo que tiene una parte de estigma social, de desaprobación social, eso que la gente piensa que le pasa a los demás y que a uno no le pasará jamás; que el individuo sufre y que el grupo social que le rodea, con un conjunto de expectativas, no comprende. El problema no es convertirse en un fracasado, ni siquiera caer en la indigencia, es tener la fuerza de salir de un problema determinado, porque parece que la sociedad no te ayuda a tener una segunda oportunidad.

    Mantener la dignidad es complicado cuando no encuentras un trabajo dentro de tus expectativas académicas, profesionales y económicas. Cuando tienes que hacer frente a unos pagos y a unas necesidades perentorias e inaplazables como comer, tener un techo o poderse trasladar de un sitio a otro. Cuando tienes el temor de acabar durmiendo en un banco, en un cajero automático o en la sala de urgencias de un hospital.

    Desde la incertidumbre, desde ese infierno helado de Dante en su Divina Comedia, de ser un «sin techo», es difícil pensar e incluso buscar soluciones. Y, que me hacía encontrarme con la cruda realidad, después de cada entrevista profesional para convencer al seleccionador de mi valía profesional, destacando mis fortalezas y dejando claro lo qué podía aportar a la empresa. Pero, donde lo reciente de tu situación, es decir no tener trabajo en ese momento, convierte al entrevistador en un ser superior, falto de empatía y básicamente falto de comprensión, que te pone una barrera infranqueable para confiar en tí. ¡Que fácil es encontrar un trabajo, cuando se tiene uno y que difícil cuando lo has perdido¡ Tu debilidad principal en ese momento, es razonar al entrevistador, que si eres tan bueno por qué no tienes trabajo y lo estás buscando…

    Tu confianza y seguridad la pierdes, cuando sabes que el desenlace de dicha entrevista te puede abocar de nuevo a la cruda realidad, de seguir durmiendo en tu coche, no tener para comer y seguir condenado a la indigencia. Porque necesitar un trabajo se convierte en tu mayor debilidad. Quizás sin darte cuenta, pierdes esa actitud positiva que hay que tener cuando se busca un trabajo, y te condenas a perder la oportunidad que te ofrecen con la entrevista.

    El problema es salir de la indigencia y del fracaso, es aceptar que debes aceptar otro tipo de trabajo y otra remuneración, reconocer que tu orgullo no te ayuda a poder comer y hacer frente a los pagos. Pasando de indigente a pobre, de triunfador a fracasado, teniéndote que abrir sobre tus errores y aprender de ellos. Cambiando el enfoque y la razón de tus objetivos anteriores, sintiéndote orgulloso de haber sido capaz de salir del agujero y sentirte de nuevo feliz con cosas diferentes, redefiniendo una nueva vida, admitiendo que somos responsables de nuestros errores, asimilando las cosas, enfrentándonos con valentía y mirando siempre al futuro…

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