La honradez se valoraba mucho hace años cuando había poco dinero. Se decía: “Pobres, pero honrados». Parece que la honradez siempre ha estado relacionada con el dinero, de los pobres siempre se ha apreciado su honradez y su limpieza. Sin embargo los ricos nunca han necesitado ser honrados, siempre han tenido la conciencia tranquila y se sienten orgullosos de serlo. La honradez es algo que se lleva dentro o no se lleva, es hacer las cosas sin engaños, el que no se queda con lo que no le pertenece, el que no hurta, estafa o roba, el que vive gracias a su trabajo y esfuerzo, con el respeto a la ley y a las normas.

Es cierto que en esta sociedad hay una cultura de la tolerancia y la complicidad opuesta a la honradez, está bien visto el que roba, el que engaña, el que defrauda, el que miente. Son esos falsos ídolos en que muchas personas les gusta verse reflejados. Todos hemos escuchado: «Quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón», como 
para disculpar a quien comete una mala acción contra un perverso, que puede ser el propio Estado, tu jefe, el banco o tu vecino. Todos coincidimos, alguna vez, en sentirnos representados por ese ladrón o ese corrupto y nos sentimos jueces para decir lo que está bien o no, según nosotros.

La realidad se hace aún más compleja, cuando hablamos de honradez en la política: honrados son los de mi partido y los partidos adversarios son los que tienen a los ladrones y a los corruptos. La política nos hace ver una parte sesgada de la realidad, solo vemos lo malo en el otro. «Vemos la paja en el ojo ajeno, y no vemos la viga en el nuestro». Se pierde la conciencia ciudadana de cultivar con esmero la honradez y cuando nos damos cuenta, estamos rodeados de irregularidades y corrupción. La corrupción se convierte en una exhibición, una falta de disimulo, una mofa hacia el resto, una impunidad, un beneficio inmenso y con riesgo nulo.

La corrupción ha tomado tales dimensiones, que ha creado una casta, que está atacando a toda la sociedad y que está creando una desafección de los ciudadanos hacia la política y la democracia. Los corruptos deben dimitir o en su defecto se les debe quitar de sus puestos, deben ser juzgados y exigirles la devolución del dinero robado. La honradez como la política deben estar siempre dentro de la ética y la ley, en caso contrario habrá que revisar la leyes para frenar y juzgar a los corruptos. Yo de momento, sigo siendo pobre, pero honrado… 

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