Franco murió hace 40 años. Tenía 16 años, era jueves, tenía que ir al colegio, un día normal y corriente. Escuché una noticía cuando me desperté a través de Radio Nacional, en conexión con todas las emisoras: Franco había muerto. Hacía más de un mes que se hablaba de que era mantenido con vida de manera artificial, lo escuchábamos en la BBC, en Radio España Independiente o en Radio Paris. Oir emisoras extranjeras era la única manera de saber lo qué pasaba aquí. A las diez de la mañana el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, se dirigió a los españoles a través de la radio y la televisión diciendo muy emocionado: «¡Españoles! ¡Franco… ha muerto!».

Unos días sin ir al colegio. Viendo una televisión, que era como la vida en aquellos momentos, en blanco y negro. Se veía únicamente a Franco en su ataúd y un montón de gente pasando por delante llorándole. Los simpatizantes del «Cara al sol» y «Montañas nevadas» lloraban su muerte. Los que prefirieron sacrificar sus vidas en aras de sus ideales, como la libertad, tenían la esperanza que todo tenía que cambiar.

Fueron días de tópicos patrioteros, de omnipresencia de la Iglesia, de censura y de mucho miedo. El día 22 de noviembre, dos días después de la muerte del general Franco, el príncipe Juan Carlos de Borbón y Borbón prestaba juramento como Rey de España. Comenzó lo que se llamó la Transición democrática, tres años de profundas reformas hasta lograr la democracia y la aprobación de la Constitución de 1978.

La Transición se construyó sobre el olvido, el silencio, la ocultación y la rectificación del pasado. La dictadura no acaba con la muerte de Franco, lo tenía «todo atado y bien atado» y se instaura a la nueva monarquía. El franquismo pervivió en el nuevo sistema, se creó un sistema democrático, basado en el bipartidismo y en la que el pueblo soberano está bastante lejos de la toma de decisiones, se olvidó poco a poco, la lucha en la calle por parte de los movimientos sociales, estudiantiles y sindicatos. Se olvidó la democracia pura, en la cual el poder es ejercido directamente por el pueblo.

Pasamos de una democracia orgánica, denominación del régimen franquista, que la supuesta representatividad se encontraba en los órganos del Estado y no en los votos de los ciudadanos a una democracia representativa donde los ciudadanos votan y elegimos nuestros representantes una vez cada cuatro años, para la toma de decisiones sujetas al Estado de Derecho.

Estos 40 años de democracia, han supuesto años de progreso, pero ahora nos queda el reto de construir entre todos una sociedad mejor, más justa, más solidaria, más libre y participativa; donde el ciudadano sea escuchado y defendido por sus representantes políticos, evitando el enriqueciendo de unos pocos en contra de todos esos ciudadanos anónimos que somos la gran mayoría y que sin nosotros nada de esto existiría.

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