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Crisis de identidad en el PSOE.

El PSOE sufre una crisis de identidad. Hay quienes le siguen apoyando. Otros que le votaron, pero que ahora optan por la abstención. E incluso otros que han cambiado su voto. Están los que defienden a Pedro Sánchez y otros que lo denostan. El PSOE está en parada. Nadie sabe con certeza lo que pasará: la incógnita de la fecha de las elecciones, la posibilidad de una moción de censura, los veredictos de la justicia o el propio futuro del PSOE, después de 147 años de existencia.

El socialismo fue la última gran utopía en un tiempo que parece no le interesa a nadie. La socialdemocracia quiso representar el progresismo haciendo el juego a la derecha que impuso las reglas. La izquierda acabó mordiendo el anzuelo y quedó atrapada en una lógica ajena. Se olvidó de la propia autocrítica, pensando que el adversario era el que estaba equivocado y el que era corrupto. Pero, se olvidaron que ellos también podían cometer errores, por error o por debilidad. Y, que los trapos sucios no siempre se pueden lavar en casa.

Vivimos en unos tiempos de surgimiento de nuevas singularidades, nuevas subjetividades y nuevas objetividades en lo social, como el feminismo, las diferentes orientaciones sexuales, la inmigración o el Estado de bienestar. Donde la izquierda ha ejercido un papel predominante, quizás olvidando otros temas de carácter global. La izquierda en general, no ha sabido identificar y corregir errores prácticos y teóricos que tenían que ver con la mayoría de la población, como la vivienda, el desempleo, la precariedad y el abandono de lo público.

El PSOE y la izquierda a su izquierda, no han sabido hacerse las preguntas pertinentes, tomar en cuenta otras coordenadas para situarse y sobre todo encontrar las respuestas. Han tomado el camino de una multiplicidad en temas importantes, olvidando de solucionar los más cruciales. Las izquierdas en general se han enfrentado con sus egos y divisiones en una búsqueda no exenta de errores y equivocaciones.

Los partidos políticos en la democracia, principalmente los de izquierdas, han perdido el verdadero sentido de ser el vehículo e instrumento de comunicación con la sociedad y entre los que lo integran. Han perdido el vínculo con el pueblo, convirtiéndose en instrumentos de poder, cayendo ante los problemas de la praxis, en falta de resolución y de errores. Principalmente por parte de sus dirigentes, no siendo leales con la ideología del partido y sin pensar en el bien común.

Las izquierdas en general no han sabido descubrir, superar los errores y las insuficiencias de su actividad. Se han alejado de las necesidades de lo que se llamó el «proletariado», que se convirtió en clase media y ahora no sabemos lo que es. Olvidaron su esencia y muchos acabaron emulando los errores y debilidades de la derecha.

El PSOE dejó de ser marxista, donde Felipe González, defendió abandonar esta ideología en el XXVIII Congreso de mayo de 1979, para ser socialdemócrata y parecerse cada vez más a la derecha, en sus postulados económicos, sociales y políticos. Ha tenido muchas crisis de identidad a lo largo de los años, con errores importantes.

Desde la creación de los GAL, donde se adoptó una estrategia poco ortodoxa en relación con ETA, vía fondos reservados. La dimisión de Alfonso Guerra como vicepresidente del Gobierno en enero de 1991, por el escándalo de corrupción de su hermano Juan Guerra. Y, el caso de los Expedientes de Regulación de Empleo (ERE) en Andalucía, ocurrido entre 2000 y 2009. No importa decir quién era más corrupto, si el PP o el PSOE.

Pedro Sánchez ganó la moción de censura, el junio de junio de 2018, contra la corrupción del Partido Popular y del Gobierno presidido por Mariano Rajoy. El PSOE había venido a solucionar problemas que no ha sido capaz de solucionar, demasiados casos con demasiadas preguntas sin responder:  el caso Globalia y el rescate de Air Europa; el caso Complutense con la esposa de Pedro Sánchez; el caso del fiscal general del Estado.

El caso de las mascarillas con Ábalos y Koldo; el hermano de Pedro Sánchez por tráfico de influencias y favoritismo en contratos. Las implicaciones de Santos Cerdán; la imputación de Rodríguez Zapatero; las operaciones de la «fontanera» Leyre Díez y su afán de «limpiar». Donde la policía constata, que las tramas internas del partido relacionadas con Sánchez son extensas y profundas.

Cada uno saca conclusiones más o menos objetivas o interesadas. No hay posibilidad de aclarar nada, la justicia tiene que dictar sentencias. Pero, mientras hay un componente irracional. Donde unos argumentar las causas y motivos y otros se defienden. Un componente de forofismo que obnubila sus sentidos de tal forma que una misma corrupción puede ser juzgada radicalmente diferente dependiendo del partido a que pertenecen. Porque la corrupción se juzga en ambos bandos: PSOE y PP.

Se intenta enardecer los ánimos de los seguidores, sin necesidad de tener que argumentar sus premisas, sino avivando los sentimientos para que lleguen al subconsciente colectivo. Destruimos el Estado de Derecho, las instituciones y la propia democracia. Polarizamos la vida política y social española. Llegando a un escenario nada bueno, donde todos parecen iguales en la corrupción. Donde lo del adversario siempre es peor y nosotros siempre tenemos alguna justificación.
Con todo esta exaltación nada racional y generalizada, eximimos de responsabilidad a unos y culpabilizamos a otros. En ambos bandos se grita y se aplaude mucho, se señalan a los líderes. Pero, lo peor es que este pensamiento se está extendiendo y donde solo gana la antipolítica de la extrema derecha. La crisis de identidad es del PSOE porque no sabe dar explicaciones y tomar medidas para que no vuelva a suceder.
Mientras tanto el Partido Popular se regocija ante los problemas del PSOE. La extrema derecha impone sus postulados al Partido Popular. La izquierda a la izquierda del PSOE, sigue con su crisis de identidad, de egos y de división. Con esos mimbres, solo un independentista catalán como Gabriel Rufián se postula como el único líder de la izquierda española, aparte de Pedro Sánchez. A lo mejor es que la crisis de identidad la tiene la propia sociedad española y lo acabaremos pagando todos, con un Gobierno en el que estará la extrema derecha.

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