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Campaña de odio.

Vivimos en una campaña de odio permanente en España, no hace falta que se convoquen elecciones para ello. La propaganda es un mensaje ideológico que debería buscar captar la voluntad del votante. Dando a conocer el programa del partido o coalición y anunciar sus proyectos. Pero, nunca debería servir para difundir, incitar, promover o justificar el odio, buscando el desprestigio de sus oponentes. Todas las personas que intervienen en unas elecciones deberían actuar sin dañar la dignidad, estigmatizar y criminalizar a nadie.

La libertad de expresión no es una página en blanco que todo lo permite. Y, mucho menos engañando, manipulando e insultando la inteligencia de los demás. Esto por desgracia no es solo patrimonio de la derecha, lo hacen todos. Faltando al respeto democrático y recurriendo al odio como argumento, menospreciando a todos lo que piensen o sean diferentes. Con el objetivo de conseguir votos.

Las derechas se caracterizan por una retórica que descansa sobre apelaciones emocionales negativas. Apelando y movilizando el resentimiento. Presentándose como vehículos de la expresión de la frustración y el descontento social. Los que con soluciones simplistas, serán capaces de arreglar todo.

El odio va en contra de las personas por el color de su piel, por su género, el estatus social o económico, la orientación sexual o sus argumentos políticos. Y, busca alterar la percepción cultural, social o política de la sociedad. Cuando la campaña de odio predomina en nuestro sistema político, en los discursos de algunos candidatos y llega a los electores que actúan animados por las emociones. El discurso de odio ha triunfado en la sociedad.

Cuando se vota por odio, está casi todo perdido a nivel democrático. Se enrarece el lenguaje y la convivencia, se alienta un debate político en el que se olvidan las ideas y los propósitos. Solo queda el ataque hacia tus opositores, convirtiéndolos en enemigos.

Es imposible una regeneración de la democracia si en lugar de buscar el bien común y el prestigio de la política, el discurso político discurre en un rango de ideas que se intenta parecer razonables en la ventana de Overton. Pero, que se amplía y se da cabida a temas que no tienen nada de sensatos.

Es cuando, se incluye el discurso de odio y muchos otros temas con una alta carga de racismo, machismo, clasismo, sexismo e ideología política, que se utilizan como herramientas de campaña para conseguir votos. Sin ningún ejercicio de responsabilidad por parte de la clase política.

Y, donde una cierta parte de la ciudadanía vota por odio, aceptando determinados discursos políticos. Y, siendo parte del señalamiento de dicho odio. Normalizando una sociedad polarizada y enfrentada.

Cuando llegan unas elecciones generales no deberíamos votar por despecho o por odio. Eso lo deberían de tener muy presente todas las personas a la hora de votar. A lo mejor nada cambiará el resultado de estas elecciones. Pero, nunca merece la pena votar ni por miedo ni por odio.

Llevamos ocho años escuchando insultos, planteando dudas sobre la legalidad del Gobierno de España. Radicalizando las posturas, politizando la justicia. Impidiendo la gobernabilidad del país. Odiando a los diferentes. Atacando a una anciana por su derecho a la vivienda, incluso después de muerta. Considerando a los que reivindan sus derechos en las calles, como «vagos y sucios».

Con esta percepción llegan las derechas, con el refrendo de unas encuestas que pronostican su triunfo electoral. Los mismos que plantean dudas sobre un posible pucherazo electoral. Que incluso se atreven a insinuar sobre el fallecimiento de Maria del Carmen Abascal «que son capaces de haberla asesinado ellos y culpar a la derecha para evitar perder el poder el 29-N».

Los mismos que afirman que «contra los zurdos de mierda no puede haber piedad. Hay que aniquilarles o acabarán con todo». Estas son las consignas de una extrema derecha que es la que más crece en las encuestas. La que nos gobernará e implementará las políticas de los próximos cuatro años. No votes odio, por favor.

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