El lunes el presidente del Gobierno convocó para el 29 de noviembre las próximas elecciones generales. El martes se abrió el plazo para solicitar el voto por correo. A partir de ese momento ha comenzado el cuestionamiento del voto por correo por las derechas antisistema. Desde el mismo lunes Ayuso se apresuró a decir : “Le pido a todo el mundo que ni se le ocurra votar por correo”, le ha seguido Abascal con no votar por correo ante el riesgo, a su juicio de «fraude electoral» con un Sánchez «capaz de cualquier cosa». Seguidos por la portavoz del Grupo Popular en el Congreso, Ester Muñoz, que ha dicho «entender» las dudas, el alcalde de Madrid, Cuca Gamarra y hoy el propio Feijóo que confía en los carteros, pero «no confío en los directivos de Correos».
En España casi todo el mundo se dice demócrata, pero uno puede llamarse demócrata y ser antisistema. Porque lo verdaderamente antisistema es cuestionar la democracia y sus instituciones. Hace tres o cuatro décadas, antisistema definía a las fuerzas de izquierdas hostiles al capitalismo. Ahora existen unas derechas antisistema, que engloban esos populismos de derechas trumpistas. Han cambiado su significado y su éxito es el mostrar desconfianza con el sistema. De una manera altiva y con una carga ideológica que no es conservadora, sino antisistema.
Se nos muestran como protectores, garantes de la limpieza, del orden y de la ley. Son los que lo arreglan todo en dos días, desde la corrupción de los políticos, la impostura de los partidos, la reducción del organigrama del Estado. Acabar con la delincuencia, con la invasión de inmigrantes, la pérdida de nuestra identidad cultural y la seguridad ante un atentado terrorista. O, el miedo a perder el puesto de trabajo precarizado y la propiedad de nuestro piso con un okupa. Ellos tienen las soluciones para todo.
Frente a una izquierda que pretende alterar los valores de nuestra sociedad y además los resultados democráticos. Pero, todo esto socavando los cimientos del propio sistema y sin importarles el desprestigio de las instituciones democráticas. No son de los grupos que montan actos vandálicos y barricadas en las calles, lo hacen con declaraciones y generando bulos. Su objetivo es “cuanto peor, mejor”. No importa el desprestigio que generan hacia el Estado y sus instituciones, solo importa implementar su agenda. Los antisistema no son los radicales anticapitalistas, ni los movimientos neonazis o neofascistas, son partidos de derechas antisistema.
Están dispuestos a llegar al poder “cueste lo que cueste”. Aunque sea a costa de limitar derechos y las libertades para defender la unidad y sus principios. Son los que alimentan los miedos y buscan ampliarlos con sus bulos, medios de comunicación y redes sociales. Utilizando una demagogia electoralista, donde todo vale. Son partidos que viven de un pasado y que buscan un futuro similar. Buscan la acepción negativa, despectiva y peyorativa para atacar a sus opositores, convirtiéndolos en enemigos. Son zurdos, sucios, corruptos, desobedientes, independentistas, okupas, gays, feministas, ecologistas o defensores de los derechos humanos… Cualquier adjetivo para calificar a una izquierda que piensa y defiende valores diferentes que ellos. En lo único que no son antisistema es en el modo actual de producir, consumir y vivir.
En la ventana de Overton, las ideas pasan de ser impensables a radicales, y de ahí a ser aceptables, luego sensatas, populares, hasta que finalmente se articulan en material apto para moldear políticas. Convierten lo inaceptable e incluso ridículo en una cuestión susceptible de ser debatida y replanteada, forzando incluso cambios en el discurso de otras formaciones. Copiando las políticas de Trump que siempre ha criticado el voto por correo y ha impulsado restricciones a este método desde el comienzo de su segundo mandato.
Las derechas antisistema españolas han puesto el voto por correo como el fantasma de un pucherazo electoral, en un sistema garantista que se ha convertido en objeto de bulos y de especulación en los resultados electorales. Un voto por correo que exige al votante identificarse tres veces. Y, pendiente aún de la decisión del Tribunal Supremo (TS) sobre la decisión sobre si los descendientes de los exiliados que han obtenido la nacionalidad española a través de la «ley de nietos«. Que no sabemos si podrán votar o no en las elecciones generales del próximo 29 de noviembre. La ventana de Overton sigue funcionando como el modelo teórico de las derechas donde las cosas inaceptables no lo parecen. Ahora, solo nos queda a la ciudadanía creernos que no hay que votar por correo, para que ganen las derechas antisistema.
