Siete años y medio después del 15-M, el Ayuntamiento de Madrid instaló una placa en la Puerta del Sol, esquina con la calle Preciados. Reconociendo «al movimiento 15M que tuvo su origen en esta Puerta del Sol«. A lo mejor tienen que pasar muchos años más, para que se reconozca que el final de rentismo. Y, que también tuvo su origen en la Puerta del Sol. Ni se entendió en el 15-M ni ahora, que las calles también son nuestras. Y, que los activistas de la vivienda, tienen todo su derechos a decir: «no nos vamos, nos quedamos«.
Estamos todos de acuerdo en que las calles y las plazas son espacios públicos de uso común que pertenecen a toda la ciudadanía para la libre circulación. Las calles son un lugar de convivencia para peatones, vehículos, bicicletas, patinetes… Donde los comerciantes y negocios de hostelería viven de la gente que pasa por las calles. Entiendo su cabreo, cuando hay obras o cualquier incidencia que rompe la normalidad y por tanto su negocio. Pero, aparte de normativas ciudadanas, las calles siempre han sido un lugar de reivindicación y protesta social, para expresar demandas, visibilizar injusticias y presionar por cambios políticos, sociales y económicos.
Cuando miles y miles de personas deciden concentrarse con demandas concretas y salir a las calles, la historia siempre cambia. Desde las más violentas a las más pacifistas, las manifestaciones siempre han tenido el objetivo común de cambiar las cosas. Desde la rebelión generacional de jóvenes contra mayores, pasando por la política, contra el militarismo, el sexismo, la violencia, el capitalismo o el poder político. Las calles siempre han sido el termómetro del descontento social y de la lucha. Y, ese derecho no se puede negar a la ciudadanía.
La acampada que se inició el sábado 26 de septiembre de 2026 por el derecho a la vivienda y como apoyo al desahucio de Maricarmen, tiene muchas similitudes con la acampada del 15-M de 2011. La acampada de Sol duró 28 días, que se extendieron por toda España. Un movimiento de indignación que revolucionaron a toda la sociedad con un estallido de malestar y reivindicaciones. Se pusieron sobre la mesa, temas como los desahucios, el bipartidismo o la corrupción. Ahora, después de 15 años, la vivienda y muchas de las reivindicaciones aún están presentes.
El éxito del 15-M radicó en su carácter espontáneo al margen de partidos políticos y de sindicatos. El hastío social, las redes sociales y el efecto llamada por el desmantelamiento hicieron el resto. La acampada por el derecho a la vivienda une el hartazgo de una ciudadanía que le han usurpado el derecho a la vivienda, la fuerza de las redes sociales y también la presión por parte del Ayuntamiento de Madrid y de la Comunidad para pedir al Gobierno el desalojo en 48 horas. Porque las calles son también nuestras.
Se ha acabado los tiempos en que el vicepresidente y ministro de Gobernación, Manuel Fraga Iribarne, en el Ejecutivo de Carlos Arias Navarro, dijo que: «la calle es mía». Las calles son de todos, de sus ciudadanos. Si el Ayuntamiento de Madrid y de la Comunidad de Madrid no hicieron ninguna alusión a las concentraciones de noviembre y diciembre de 2024 de la extrema derecha ante la sede del PSOE en la calle Ferraz. Sin embargo están muy preocupados por el desorden público que supone una concentración que solo lleva 5 días.
Cuando la política no da las respuestas y no es capaz de dar soluciones, la ciudadanía debe salir a las calles y reivindicar sus demandas. Lo de la “democracia real” era una de las reivindicaciones del 15-M, porque la ciudadanía tiene derecho a participar en la vida política y en las decisiones que afectan el día a día. Si hemos tenido que «aceptar» que la derecha y la extrema derecha organice manifestaciones para insultar al presidente del Gobierno. Tendrán que aceptar las derechas, que miles de personas hagan una acampada para defender el derecho a la vivienda, que al final es un derecho de todos y para todos.
La discusión política ha vuelto a las calles y plazas, a las tertulias entre amigos, sobremesas familiares y en los trabajos. El derecho a la vivienda ha dejado de ser un problema particular, porque es un problema de todos. «Dormíamos, despertamos«, fue un lema del 15-M. Y, ahora parece que la sociedad ha despertado, su toma de las calles es una manera de radicalizar sus exigencias. Se ha conseguido que Maricarmen regrese a su casa y que el Gobierno se haya visto obligado a hacer dos decretos que serán aprobados o no, en una sesión extraordinaria del Congreso de los Diputados este viernes. Pero, que han conseguido un hito impensable.
Los pueden desalojar de la plazas y las calles, pero este movimiento ha demostrado que toda la juventud no es de derechas. Ni que todos quieran votar a la extrema derecha. Hay una juventud que sale a las calles y plazas, por una regeneración democrática reclamando el derecho a la vivienda. Por encima de las molestias que pueda generar una manifestación o una acampada, está el derecho fundamental, como el derecho de reunión, de manifestación y de la libertad de expresión.
Que han impuesto la necesidad de un derecho como punto de inflexión para toda la política, tanto de derechas como de izquierdas. Las derechas están del lado de la especulación y la expropiación de pisos en manos de fondos buitre, una izquierda alternativa que apuesta por la intervención pública y el PSOE que solo mueve ficha cuando la presión social es fuerte. La vivienda está en el centro del debate político y esto puede definir el resultado de las próximas elecciones. De momento las calles también son nuestras: no nos vamos, nos quedamos.
