Los seres humanos hemos tenido que aprender a convivir con la desesperanza en la historia de la humanidad, por culpa de desastres, catástrofes, emergencias o enfermedades, independientemente de sus aspectos de grupo, clase social, nación o edad. Algo que nos convierte a todos en iguales y nos hace víctimas de una situación de ruptura, que sobrepasa la capacidad de las personas y de la sociedad, para responder y recuperarse de dicha situación. La pandemia del Covid-19 nos ha puesto a examen en términos de morbilidad y mortalidad, donde nos hemos visto desprotegidos por un número inesperado de muertes, de contagios, de carencias en infraestructuras y en personal, alterando nuestra vida normal, con graves consecuencias en nuestra economía, afectando nuestro comportamiento psicológico y social.

Donde la vulnerabilidad, la indefensión, el miedo y el peligro ante un virus desconocido, nos ha cambiado nuestra vida habitual, creando una falsa nueva normalidad. Las autoridades sanitarias, apostaron en un principio, por la restricción de movimientos, por el confinamiento para evitar los contagios y controlar su expansión, era, según los expertos, la única manera de poder garantizar la atención sanitaria necesaria y oportuna a todos los casos. Después del confinamiento, vinieron las fases de desescalada y después una nueva normalidad con un virus que vivía entre nosotros y que se intentaba frenar, a esperar de encontrar una vacuna, con medidas preventivas como la mascarilla, el gel hidroalcohólico, los guantes y la distancia social. Y, llegaron las conductas disruptivas por parte de los ciudadanos, rompiendo la disciplina y alterando la armonía de la prevención del grupo, aumentando en definitiva, el riesgo de contagio.

Cualquier alteración de nuestra normalidad, constituye un verdadero desastre, una emergencia que determina una desorganización total de toda la sociedad, algo que trasciende a todos los grupos sociales y que padecen más aún, los más desfavorecidos.  Se crea en la sociedad una desesperanza, un pesimismo patológico e incluso una cierta inacción, de lo cual hay que aprender que hay que seguir viviendo,que hay que vencer los obstáculos que no nos dejan avanzar. Hemos de aceptar que el coronavirus seguirá contagiando, que continuará matando, hasta que se encuentre una vacuna. Y, que la responsabilidad de que no siga su expansión, depende en gran parte de nuestra actitud personal.

No podemos negar la realidad, ni engañarnos, de momento hemos de convivir con el coronavirus y con su expectación mediática. Hay que seguir con la labor pedagógica, de explicar de forma detallada los riesgos, los síntomas, la prevención y sus consecuencias. En definitiva, las personas deben establecen un antes y un después en sus vidas, establecer un rol distinto, aprender a convivir y asimilar que su estado de bienestar social y su nueva calidad de vida dependerá de la asunción del virus que vive con nosotros y que la lucha contra la pandemia, no es solo cuestión de los laboratorios farmacéuticos, sino de nuestra responsabilidad personal y que nunca nos debe dejar de tomar la riendas de nuestra vida. El coronavirus mata, pero nosotros mientras, hemos de seguir viviendo…

 

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