Me siento un ciudadano engañado, ninguneado, utilizado, triste y decepcionado con esta clase política que nos gobierna. Pero, con una firme memoria histórica y con unos principios que aún me hacen creer en la política de contenido y de aportar soluciones a los problemas que tenemos en España. Nos hemos acostumbrados a esa política de tweets y de titulares fáciles, de odio y de enfrentamiento, de falta de dialogo, de incoherencias y de falta de respeto al adversario y a los ciudadanos.  Donde las fuerzas políticas deberían estar muy por encima de los intereses personales o partidistas, que se pensara a largo plazo y que entre todos fueran capaces de dignificar la política. 

Las crisis económicas crean crisis sociales, donde se afecta el bienestar de muchas personas, donde se imponen políticas neoliberales, que suponen recortes en el Estado del Bienestar. Donde aparecen partidos populistas de ultraderecha que movilizan a sectores populares que atribuyen su mala situación a la inmigración, al feminismo o simplemente al socialismo y al comunismo. Han cambiado su imagen fascista por una copia del populismo de Donald Trump, quieren «hacer España grande otra vez», se escudan en la Patria, se erigen en social-patriotas y defensores de los derechos de los españoles, en contra de los nacionalismos, en el rechazo a la Unión Europea, a la inmigración pobre y musulmana y que pretenden desde una falta de ideas y soluciones, marcar el discurso con las mayores tonterías de los demás partidos de derechas.  Esta nueva derecha ha cambiado mucho.

Me puedo sentir decepcionado, engañado, ninguneado, utilizado y triste con los partidos progresistas, pero nunca lo «suficiente» para dar mi voto a un partido de extrema derecha que quieren jugar con los dos extremos: las clases más pudientes, a los que favorecen con sus políticas neoliberales y a los sectores más pobres, que les venden su política antiglobalización, antiinmigración y de odio a lo diferente. Pensaba que aquellos tiempos del pasado habían pasado y que muchos discursos ya no eran posibles, pero de nuevo la lógica en la política no existe. La extrema derecha ha conseguido polarizar la sociedad y marcar el discurso con ideas inaceptables hasta hace poco, como la supresión del estado de las autonomías, el antifeminismo, la derogación de la ley contra la violencia de género, la portabilidad de armas o la deportación de inmigrantes. Por muy absurda que sea la idea, consiguen ruido, expectación y debate, que sirven para colocar cuestiones ante todos los ciudadanos, que les permite manipularlos de una manera tan brutal como efectiva. La extrema derecha esta consiguiendo convertir lo impensable en aceptable, lo aceptable en popular y lo popular en votos con la ayuda de las redes sociales, pero también con el tratamiento que los medios de comunicación hacen de sus ideas, dándoles más proyección mediática. 

Por muy decepcionado, engañado, ninguneado con esta clase política, sigo pensando que el clima de enfado que hay en este país no puede servir para que la ultraderecha gane votos utilizando el patriotismo y con la seguridad de que nunca favorecerán ni a las clases menos pudientes, ni a las mujeres, ni a los que los puedan considerar diferentes. Una cosa es aceptar la diversidad de pensamiento y otra muy diferente es sentirse tan engañado y manipulado por una ultraderecha que no cree ni en la democracia, ni en la libertad, ni en el Estado del Bienestar… 

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