La democracia es el único sistema en el que te puedes equivocar varias veces. Hablar de votar bien o de votar mal, es injusto. Para unos votar bien es votar al PP y para otros votar mal es hacerlo al PSOE. Para otros votar bien es hacerlo a favor de la ultraderecha y votar mal es hacerlo a la izquierda alternativa.
Sería como decir que el que vota al que gana hace lo correcto y el que vota al que pierde se ha equivocado. No podemos pensar que solo unos hacen las cosas bien y los otros se equivocan. Engañarnos de que en la democracia no es necesaria la alternancia y el cambio.
No podemos culpar a la gente de su voto, ni afirmar que se equivocan. Porque en el voto no hay marcha atrás, no hay arrepentimiento posible, la decisión ya está tomada. Por eso merece la pena valorar y meditar las diferentes alternativas antes de votar.
Es cierto que nadie tiene el monopolio de la verdad y que cuando votamos lo hacemos por muchas razones. El voto es un reflejo de lo que cada uno pensamos, sentimos o aspiramos para el futuro en la sociedad en qué vivimos. Lo podemos hacer por cuestiones ideológicas, sociales, económicas, por costumbre, por despecho e incluso por interés personal.
Sea cual sea la opción que cada persona elige, debería ser respetada y considerarse adecuada. Los votantes entregan su confianza, no se equivocan, en todo caso serán los políticos los que engañan a los votantes o no hacen lo que prometen.
Decir que «no te equivoques» cuando vamos a votar, es no entender lo que es la democracia. Todo el mundo no puede pensar lo mismo y sin embargo todos están convencidos que hacen lo correcto. El voto se supone que es algo meditado y que cada uno tiene su derecho a elegir lo que le parezca mejor.
Lo cual no significa que “el pueblo siempre tenga razón”, ni que “los votantes nunca se equivocan”. Pero, no podemos poner en duda los principios de la democracia. La ventaja de la democracia es que te puedes equivocar y puede ser enmendado o ratificado cuatro años después.
Hemos de admitir que la democracia tiene sus defectos, que a veces nos ofrece unos resultados que son fruto de prejuicios, de sistemas electorales con defectos y de nuestro empecinamiento en ignorar que hay ciertos populismos que solo pretenden engañarnos.
En democracia es tan bueno que ganen los nuestros, como que ganen los contrarios. Siempre y cuando podamos seguir conviviendo, respetando los derechos y libertades. Y, que podamos seguir votando al que nos apetezca. Que la involución de la extrema derecha nunca destruya la democracia.
Cada persona tiene unos intereses, objetivos y visión particular de las cosas. Pero, eso no significa que no se acepte el resultado de las urnas, aunque difiera de lo que cada uno pensamos. Como sí hacen las derechas. Por eso, es tan importante saber lo que votamos, las consecuencias reales de nuestro voto.
Cuando votaron 77 millones de estadounidenses al candidato republicano Donald Trump el 5 de noviembre de 2024, muchos eran conscientes de que votaban al mejor candidato. Después su administración ha trastocado el orden mundial con aranceles, alianzas impredecibles, nuevas guerras y otras sin acabar.
No hay vuelta atrás, 77 millones le votaron convencidos. Ahora, solo les queda esperar. Y, no por ello vamos a cuestionar la democracia americana o pensar que los votantes de Trump son todos ignorantes, belicistas, racistas, xenófobos e intolerantes. Ni en España, creer que todos los que voten a la extrema derecha son fascistas.
En la democracia la ciudadanía tiene la capacidad de decidir, de manera acertada o equivocada su futuro. El resultado de las elecciones reflejará lo que queremos, ni más, ni menos. Será el resultado democrático de las elecciones.
Según las encuestas, hay bastantes posibilidades del triunfo de las derechas el 29-N y la posibilidad de un gobierno con la extrema derecha. Nadie debería sorprenderse, 11 comunidades autónomas son gobernadas ya por el PP con acuerdos con Vox. Y, la ciudadanía en algunos casos ha ratificado su voto.
Si gobiernan el Partido Popular y Vox a partir del 29 de noviembre, será el resultado democrático que habrá decidido la ciudadanía. Expresando el pluralismo y la alternancia en una democracia parlamentaria como la española. No se habrá votado bien o mal, simplemente algunos ciudadanos habrán decidido votar por una opción diferente, que están convencidos que es la mejor.
En consecuencia con la decisión personal e intransferible se logra la mayoría, se puede gobernar y decidir el futuro de España. Después ya no sirve objeción, el derecho al pataleo, ni las críticas a su ilegalidad. Porque después de votar, no hay marcha atrás. Simplemente habrá que esperar cuatro años para intentar cambiar el resultado con otro voto diferente.
La vieja división de que los ricos votaban a la derecha sigue produciéndose. Lo que ha cambiado es que los pobres que antes votaban a la izquierda, ahora han cambiado su voto o sencillamente se abstienen. Muchos votan por costumbre, por convicción o por despecho. Pero, pocos se molestan en leer los programas y las promesas de los candidatos.
Por eso es tan importante estar informados, para que después no tengamos sorpresas. Aunque también pueden engañarnos y no cumplir después sus promesas. Hemos de poner en funcionamiento nuestro juicio, sensatez, responsabilidad y libertad personal para escoger la mejor opción o la menos mala. Porque hay mucho en juego.
Cuando Alberto Núñez Feijóo, dice en la Cadena Ser esta misma mañana, que solo subirá el SMI con el visto bueno de la patronal, significa que no subirá o que lo hará menos de lo necesario. Si afirma que restrigirá el derecho al aborto y limitará la eutanasia, significa un recorte de derechos y libertades. Cuando quiere diluir el ministerio de Igualdad en otro ministerio, es que a lo mejor no tiene muy claro lo de la igualdad.
Si añadimos que quieren reformar el sistema de pensiones para asegurar una supuesta sostenibilidad. A lo mejor significa que las pensiones están en juego. Cuando nos habla Feijóo de «sacrificios» con su llegada al poder. Pueden ser recortes a la vista, alabando la motosierra de Milei. Tenemos sobrados argumentos para cuestionar ese voto. Porque después de votar no hay opción al arrepentimiento, simplemente nos quedará la opción de aguantarnos.
En conclusión, es difícil acertar y eso depende de votar bien o mal. De la formación política a la que votemos y los motivos por los cuales lo hagamos. Votar a la derecha es una opción, votar a la extrema derecha es votar a la involución. Ahora, todo queda en la libertad de cada uno y en su responsabilidad. Después ya no habrá marcha atrás, ni el arrepentimiento servirá de nada.
