Cuando hablamos de genocidio, recordamos el cometido por Hitler por la Alemania nazi, el de Mao Zedong en China, Stalin en la U.R.S.S o  Pol Plot en Camboya…  Pero, ahora en nuestros días en un país a más de 9.000 kilómetros de España, que se llama Myanmar, lo que antes conocíamos como Birmania, está sucediendo un genocidio contra los rohingyas, a los que la ONU describe como un pueblo «sin Estado», una minoría musulmana dentro de un estado budista, un grupo étnico, lingüístico discriminado y perseguido durante décadas.

El conflicto entre musulmanes y budistas se remonta a la Segunda Guerra Mundial. De los tres millones de rohingyas que vivían en Myanmar hace tan sólo cincuenta años, solo quedan  medio millón, siguen huyendo desde Myanmar a Bangladesh, donde hacinados hay más de 700.000 refugiados, en las orillas del río Naf, que marca la frontera de Bangladesh y Myanmar. Se les privó del derecho a la nacionalidad, a circular libremente por su país, al derecho al voto, se les prohibió casarse o tener derecho a poseer propiedades y finalmente a su mera existencia.

Los rohingyas no existen, sus victimas no parecen en ningún sitio, su diáspora continúa, están sometidos a operaciones de limpieza por el gobierno de Myanmar, cometiendo crímenes de lesa humanidad: haciendo redadas, quemando pueblos, incontables desapariciones y agresiones sexuales. Impidiendo la entrada de ONGs, medios de comunicación y observadores internacionales. No sabemos casi nada, de un genocidio callado por el gobierno de Myanmar y sin ninguna condena por parte del Consejo de Seguridad de la ONU, donde Myanmar cuenta con el derecho a voto de China y Rusia.

El campo de refugiados de Cox Bazar en Bangladesh, es el mayor de todo el mundo con más de 700.000 refugiados, que viven hacinados, expuestos al hambre, a las enfermedades y ahora a los efectos del monzón, con sus lluvias torrenciales, que se alargarán todo el verano. A pesar de múltiples voces críticas y de la acción solidaria de ONGs y organismos internacionales, poco se ha hecho para detener esta situación. Ni el Papa Francisco, en su visita a Myanmar en noviembre de 2.017, mencionó la palabra rohingyas, aunque pidió respeto por las minorías. El genocidio a los rohingyas es un delito internacional, pero parece que no interesa a casi nadie y que quedará como un dato más en las reseñas bibliográficas e históricas de la vergüenza.

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