La historia del caballo de Troya, la hemos leído o visto en películas, Troya estaba sufriendo el asedio por parte del ejército griego desde hacía varios años, los griegos no lograban penetrar en sus fuertes murallas. Ulises, ideó un plan que permitiría al ejército griego entrar en la ciudad de Troya, construir un gran caballo de madera hueco por dentro, para meter a soldados en su interior. Los habitantes de Troya, a pesar de que algunos adivinos intentaron hacerles ver el mal que se ocultaba dentro, decidieron introducir el caballo, cuando Troya dormía, los soldados salieron y Troya cayó esa misma noche en manos griegas.

Antonio Cañizares, cardenal y arzobispo de Valencia, este miércoles participaba en un desayuno informativo de Fórum Europa, ha afirmado que la acogida de los refugiados “hoy puede ser algo que queda muy bien, pero realmente es el caballo de Troya dentro de las sociedades europeas y en concreto de la española”. Afirmando además que, en realidad “perseguidos”. “Muy pocos lo son”. «¿Cómo quedará Europa dentro de unos años con la que viene ahora? No se puede jugar con la historia ni con la identidad de los pueblos”.

Cañizares piensa que los refugiados «no son trigo limpio», que son un peligro y está en contra de su llegada, piensa que como en el caballo de Troya, saldrán a destruirnos, quizás coincide con el comentario del ministro de Interior Jorge Fernández Díaz que a principios de septiembre, afirmó que el Ministerio de Interior está alerta para “tomar las medidas adecuadas” ante el temor de que en el próximo contingente de refugiados que España deba acoger, se pueda colar algún grupo de terroristas yihadistas.

Es lamentable que un cardenal de la iglesia católica, que debería ser una persona piadosa y seguidora del evangelio haga dichos comentarios, contradiciendo la línea mantenida por el Papa, que pidió a «parroquias, comunidades religiosas y monasterios» de Europa que acojan a refugiados como gesto previo al Jubileo de la Misericordia». De momento a Cañizares, le preocupa más el miedo y el egoísmo que el don de la piedad, que le permitiría amar al prójimo, vencer sus miedos y reconocer en ellos a unos hermanos que necesitan ayuda.

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