Un código ético describe lo que es exigible de una profesión, un código ético no garantiza su cumplimiento, pero marca unos preceptos que se deberían de cumplir siempre. Un código ético en política, independientemente de las opciones políticas que se defiendan debe de servir para plasmar unos valores, unas obligaciones y asumir las responsabilidades de sus acciones públicas. En definitiva, unir la ética y la política, para que la decisión ética esté por delante de la presunción de inocencia.

La política es el arte del buen gobierno y los políticos son los responsables de llevarlo a buen fin. Mientras que la ética es el conjunto de normas que protegen los valores más importantes de la vida. Gobernar no es solo ocupar cargos públicos sino dirigir todos los esfuerzos hacia una mejora colectiva y saber que hay que responder de lo que no es ético.

En todos los casos de corrupción en que un político está imputado o procesado nadie dimite, por graves que sean las acusaciones y contundentes que sean las pruebas, todo el mundo alega la presunción de inocencia. Pero, lo que está claro es que, las responsabilidades judiciales son distintas de las políticas. Cuando se tiene constancia de algún tipo de irregularidad, tipificada o no como delito, por parte de un responsable público, derivada de su gestión, debería de dimitir y no esperar a que se demuestre su inocencia o culpabilidad judicialmente. La política debe estar tutelada por el ejercicio del bien común y una ética pública irreprochable.

Cada día aparecen noticías en los medios de comunicación, sobre graves delitos de corrupción, malversación y apropiación de fondos públicos o fraude fiscal. La política la han entendido muchos como una forma de prosperar y de hacerse ricos a costa de los presupuestos públicos, de nosotros. Hemos pasado de servir al ciudadano a servirse de él. Creando un desencanto generalizado en la ciudadanía, además del  deterioro en la política, en las propias instituciones y en la democracia en general.

No podemos creer en una política basada en la partitocracia, en la ineficiencia, en la obediencia, en la corrupción, en las puertas giratorias, en el cambio de favores, en las extrañas financiaciones… La única manera de luchar contra todo esto es un nuevo gobierno que tenga ganas de cambiar, que tenga unos principios éticos y que tenga claro que representa a los ciudadanos. Sin ética no puede existir la política.

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