Reprobar es no aprobar, dar por malo. La reprobación política, sólo tiene un carácter simbólico, no es una moción de censura en que se gana o se pierde, y el protagonista tiene que irse. Reprobar a un político, no es más que una forma pública de expresar que no se está de acuerdo con alguna decisión o actuación que haya llevado a cabo. No tiene más trascendencia que afearle su conducta y darle un simbólico tirón de orejas. Pero, el reprobado se queda con nosotros, nada ni nadie le obliga a irse y menos por propia voluntad.

La primera integrante de un Gobierno reprobada en el Senado durante la democracia fue la de Magdalena Álvarez en 2007, cuando era ministra de Fomento, por lo que entonces se denominó «caos en las infraestructuras en Cataluña» y la gestión de la crisis del Cercanías de Barcelona. Ahora, recientemente el Congreso ha reprobado al ministro Jorge Fernández Díaz por el caso de las escuchas de Interior cuando el Gobierno estaba en funciones. También se ha reprobado al ministro de Justicia, Rafael Catalá; al Fiscal General del Estado, José Manuel Maza; y al fiscal jefe Anticorrupción, Manuel Moix,el único que ha dimitido.

Ahora, el ministro de Hacienda y Función Pública, Cristóbal Montoro, ha sido reprobado por el Congreso de los Diputados por la inconstitucionalidad de la amnistía fiscal que aprobó en 2012. La Constitución no contempla la reprobación y mucho menos que un ministro deba abandonar su cargo tras perder la confianza de la cámara. Nadie se va, todos siguen.

Si hay mentiras, falta de respeto hacia los ciudadanos, si se pierden los principios más elementales de honradez y honestidad, si no hay transparencia y solidaridad con los más débiles, ¿cómo puede un representante político permanecer en su cargo? El político no solo tiene que ser honrado, sino parecerlo, con vocación de servicio, con principios y convicciones. Una pérdida progresiva de estos valores intrínsecos hace que desconfiemos de los políticos y de la política. El juego limpio, la ética pública en la política es fundamental para seguir creyendo en la democracia.

La dimisión en política, antes de cualquier posible fallo judicial, debería ser una buena costumbre de nuestros políticos, para evitar que aumente la desconfianza en las instituciones, en la democracia parlamentaria. Los ciudadanos debemos tener confianza en el sistema y los políticos deberían asumir sus responsabilidades para nosotros no perder dicha confianza. Y, es necesaria una reforma del reglamento de la Cámara que facilite la transparencia y el dinamismo del Parlamento, cuando un cargo es reprobado.

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