La política se ha convertido en un espacio en el que cada partido político oculta sus errores pregonando los del oponente. Donde el envilecimiento político lo podemos resumir en el refrán de «ver la paja en el ojo ajeno y no en la viga del nuestro». Y, hoy en el debate sobre la corrupción en el Congreso de los Diputados, lo hemos comprobado de nuevo. Porque quizás ninguna democracia garantiza la honradez en la gestión pública, pero si puede dotarse de instrumentos eficaces de control y rendición de cuentas, que no han sido capaces de implementar.
Cuando se escucha a nuestros políticos, se nota tal grado de envilecimiento político que es muy peligroso. En el que colaboran los medios de comunicación y las redes sociales. Con crispación, polarización, corrupción y supuesto lawfare. Un efecto contagio, en el que si no somos capaces de comenzar un profundo proceso de regeneración, les estamos haciendo un favor únicamente a la extrema derecha.
Cuando en el Congreso de los Diputados oímos a nuestros políticos y escuchamos su grado de violencia verbal desacomplejada. Tienes la sensación de que podemos esperar muy poco de ellos. En especial de algunos partidos, no podemos esperar nada. Pero, por suerte o por desgracia el futuro de nuestro país está en sus manos. En la de los políticos y políticas, independientemente de sus ideologías.
Cuando el discurso del «tú más» prioriza en los debates. Y, nadie es capaz de reconocer sus errores, pero son capaces de vislumbrar los ajenos. El parlamentarismo se convierte en una sesión de matonismo, a ver quien la dice más grande y más ofensiva. Donde no hay concordia, ni consensos, solo polarización. Y, parece que lo único que importa, es la pura supervivencia. Convirtiendo aunque no le sean, a todos por igual.
Pedro Sánchez se desenvuelve como pez en el agua descalificando al PP con su corrupción, mientras tanto Feijóo ataca al presidente del Gobierno, con más corrupción. Ambos coinciden en ver la paja en el ojo ajeno y no en la viga del propio. Unos piden elecciones y el Gobierno se aferra al mandato constitucional de cuatro años. Donde el grado de envilecimiento sobrepasa todos los límites de descortesía parlamentaria. Mientras tanto el PP no presenta su moción de censura, una parte de los socios de investidura siguen sin dar su rechazo explícito al Gobierno. En definitiva, horas y horas, de parlamentos para llenar titulares. Pero, nada más.
La única propuesta para meditar es la de Junts, que Pedro Sánchez siga el ejemplo del ya exprimer ministro británico Keir Starmer. Que dimita. Y, deje paso a un nuevo candidato con la misma mayoría que dio la investidura al líder del PSOE en 2023. Recordando unas palabras del poeta catalán Salvador Espriú: «A veces es necesario y forzoso que un hombre muera por un pueblo, pero nunca ha de morir todo un pueblo por un solo hombre».
Los partidos políticos se asocian demasiadas veces con sus líderes, el PP con Aznar y el PSOE con Felipe González. El PSOE no se entiende ahora sin la figura de Pedro Sánchez y donde no se vislumbran futuras candidatas o canditatos para sustituirlo. Si Pedro Sánchez dimite, puede ser la debacle del PSOE y a lo mejor si no dimite también. Lo que está claro es que la política necesita líderes, pero tomando como primera prioridad el partido, ofreciendo a la sociedad un proyecto de futuro incluyendo el sentir de la mayoría social.
Pedro Sánchez ha edificado un proyecto a su imagen y semejanza, olvidando el proyecto político del PSOE como partido. Toda la vorágine de sentimientos encontrados es contra Pedro Sánchez, pero su dimisión o paso al lado es una dificultad añadida para tener opciones de seguir gobernando. Ahora, ya es tarde. El PSOE necesita modelar nuevas propuestas para canalizar la frustración de la sociedad.
El socialismo del PSOE no convence a la ciudadanía, ni tampoco los partidos a la izquierda del PSOE. El miedo a la extrema derecha ya no sirve para nada. Vivimos en una realidad en que el neoliberalismo, el populismo y también el fascismo, está dispuesto a llegar al poder, además democráticamente. Pedro Sánchez no ha convencido a nadie en su comparecencia sobre la corrupción. No quiere convocar elecciones, pero tampoco puede tomar medidas para que la legislatura avance, porque no tiene los votos.
Rendirse nunca es una opción, la acción es lo único que te hace verdaderamente inmune a rendirte. El problema no es que quiera rendirse, es que ha cometido demasiados errores y que ha contado desde el principio con unos enemigos que no quieren fracasar en su principal objetivo: sacarlo de La Moncloa.
