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El dolor moral no se debería de emplear nunca para hacer política.

Cuando decides trasladarte de un sitio a otro, en coche, tren, avión o barco no piensas en la posibilidad de no llegar a tu destino. En tener un accidente y sufrir un dolor físico o fallecer. Pero, después de cualquier accidente hay también un dolor moral, una experiencia emocional profunda que surge cuando una persona se enfrenta a un conflicto, dilema, se ve atrapada en una situación normalmente imprevista o se enfrenta a la pérdida de seres queridos. A diferencia del dolor físico, el dolor moral afecta el bienestar psicológico de las personas, que puede manifestarse en un conflicto interno de tristeza, angustia y desesperanza profunda.

El dolor moral no se debería de emplear nunca para hacer política, ni en un atentado terrorista, en una catástrofe natural o en un accidente. Utilizar un acontecimiento o suceso que produce dolor físico para provocar más dolor moral es cruel. Cuando buscas aniquilar simbólicamente a tu adversario con el dolor de unas víctimas inocentes estás cayendo en un fanatismo inmoral e indecente. En nuestro país tenemos experiencia de dicho uso en el terrorismo con las víctimas. Pasó con en el accidente de trenes en Adamuz (Córdoba), el 18 de enero de este año, donde se quiso confundir la búsqueda de la verdad con la búsqueda de culpables. Y, hoy también con el trágico accidente de trenes, entre Los Yébenes y Urda (Toledo), repitiendo buscar una responsabilidad política contra el Gobierno de España. Y, sin pensar en el dolor que se produce a víctimas, familiares, pasajeros y sociedad en general.

Que se produzcan dos accidentes graves en la línea de alta velocidad Madrid-Andalucía en apenas tres meses y 22 días, es totalmente preocupante. Sin olvidar el accidente de Gelida (Barcelona) con el maquinista fallecido y 37 heridos. En el accidente de Adamuz 46 víctimas mortales y 152 heridos, en el accidente de hoy en Toledo al menos 68 fallecidos y 77 heridos hospitalizados. Una línea ferroviaria de alta velocidad que se convirtió en enseña de la modernidad en España, se ha convertido en un supuesto peligro potencial y en un arma para atacar la mala gestión del Gobierno de España por parte de las derechas.

Los accidentes no son una casualidad, sino una consecuencia de acciones y decisiones previas que han sido incorrectas. No podemos achacar el que se produzcan accidentes a la «mala suerte» o cuestión de azar. En la mayoría de los casos ocurren por no tomar las precauciones necesarias o no cumplir con las responsabilidades. Si en Adamuz pudo ser el motivo el fallo de una soldadura en la vía, en el accidente de Toledo presuntamente ha existido un fallo personal que ha traído graves consecuencias. Todos sabemos que existen grandes protocolos en el transporte aéreo y ferroviario con una gran tecnología para evitar errores y descuidos en la ejecución. Pero, eso no impide que haya condiciones inseguras y el entorno no está preparado para prevenir accidentes.

Detrás de cualquier accidente hay siempre factores clave: errores técnicos, humanos que hacen aumentar el riesgo, una acción mal ejecutada o la falta de prevención. La invariable causa de los accidentes proviene siempre de hacer lo que no se debería de haber hecho o en omitir hacer algo que sí debería haberse hecho. La tecnología ayuda a prevenir los errores humanos, pero cuando falla la tecnología son las personas las que toman la última decisión. Y, las personas solo es cuestión de tiempo, que puedan cometer errores. Es el sistema en conjunto el que no puede fallar.

Culpar al Gobierno de España de estos accidentes ferroviarios no puede ser la única razón. Porque no hay justificación para un accidente que puede ser evitable y no buscar excusas para que se repita cualquier accidente. El sistema ha fallado por antigüedad, por falta de mantenimiento o por falta de inversión económica. Y, eso depende de este Gobierno, pero no debemos olvidar que es una línea que se inauguró con la Expo 92. Podemos admitir una supuesta dejadez por parte de todos los gobiernos que han pasado durante estos años, pero lo que no se puede es utilizar el dolor moral para hacer política.

Estos momentos no pueden ser utilizados para mostrar un compromiso que solo se utiliza con los intereses mezquinos de determinados partidos políticos. Ni creo que la solución sea prevenir del peligro de viajar en tren o paralizar toda la red de alta velocidad. Pero, si es necesario tomarse muy en serio la seguridad de todos los que viajan en tren. No podemos permitirnos más accidentes, más fallecidos, más heridos, más dolor moral. Y, pretender conseguir votos con todo esto.

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