En toda relación de amistad, de pareja, comercial, política o de cualquier otra índole, es necesario un mínimo de confianza. La confianza es un riesgo que se basa en suponer que los demás tienen buenas intenciones con nosotros. Es una manera de creer en la bondad de las personas.
Cuando depositamos las expectativas en los demás, se escapan de nuestro control. Corremos el riesgo de confiar y acabar en la decepción o la traición. La alternativa es no confiar en nadie, como forma de protegernos. Pero, aún así, todos necesitamos confiar en algo o en alguien.
La pérdida de la confianza en la política actual explica la desafección, el populismo y la polarización de la sociedad. La falta de coherencia, la desconexión con la realidad y la corrupción arrasan las fortalezas democráticas. La desconfianza en los políticos y en las instituciones generan el descontento y la desafección política.
Lo que explica el distanciamiento de la ciudadanía en la política, que nos explica el resultado de las elecciones y el auge del populismo de extrema derecha. Y, lo que es peor el cuestionamiento y los fundamentos de las democracias liberales. Cuando la confianza se rompe, nada vuelve a ser igual.
Entonces aparece una crisis de legitimidad asociada a una crisis de confianza. La ciudadanía deja de confiar en los políticos, en las instituciones, en la política y en la propia democracia. Donde todo pasa a ser cuestionado y a generalizar que «todos son iguales». Es el primer paso para el triunfo de los populismos de la extrema derecha.
Hay una pérdida de confianza por la mala implementación de las políticas, la ineficiencia, la mala gestión y la falta de transparencia. Pero, sobre todo por la corrupción. Hay mucha fatiga y cabreo ciudadano, rechazo y desencanto hacia la clase política. Que aumenta cuando aparecen casos mediáticos a derecha e izquierda.
No teníamos suficiente con el juicio de la Audiencia Nacional (AN) sobre la «Operación Kitchen» y la trama de corrupción policial vinculada al PP. Y, el caso de corrupción de las mascarillas con Aldama, Ábalos y Koldo y el cobro de mordidas. Ahora, aparece la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero por el «caso Plus Ultra».
Aludimos al principio de presunción de inocencia, a la confianza en la justicia. Pero, hay también una pérdida de confianza en José Luis Rodríguez Zapatero, donde aparecen cada hora nuevas noticias que incriminan a personas y sociedades del entorno del expresidente.
No es suficiente con creer en su inocencia e insistir en la presunción de inocencia. Nos debemos cuestionar el papel de los expresidentes de Gobierno y los límites de sus desempeños una vez abandonada la Moncloa. En el ejercicio de actividades profesionales en empresas privadas, asesoramiento, labores de lobby basadas en la experiencia y en los contactos acumulados en sus cargos.
El delito de tráfico de influencias hay que demostrarlo. Pero. también Rodríguez Zapatero tiene que dar muchas explicaciones de la empresa de su hijas, de su amigo Julio Martínez, de las empresas y hasta del dinero. La confianza rota en la izquierda, costará mucho para recuperarla.
