Casi todos nos dejamos guiar por los estereotipos y los prejuicios. Yo soy catalán, he trabajado y vivido en siete comunidades autónomas. Llevo casi cuarenta y cinco años, sin vivir en Catalunya. Pero, aún en Andalucía soy «el catalán o el del norte».
En Catalunya comencé a conocer los prejuicios xenófobos contra los andaluces y contra otras regiones españolas. Por una pequeña parte del nacionalismo catalán, ignorante, clasista y racista. Que pensaban que el movimiento migratorio castellanoparlante en Catalunya, durante la dictadura franquista, formaba parte de una estrategia para disolver la lengua y cultura catalanas.
El propio franquismo criminalizó a los migrantes que llegaron a Catalunya, vinculando la migración a delincuencia, mendicidad y chabolismo. El área metropolitana de Barcelona fue el principal punto de atracción de la emigración interior por cuestiones económicas. Que coincidió con el giro radical en la política económica del franquismo. Acabando con la autarquía e impulsando el liberalismo, dando paso al período del desarrollismo y de grandes empresas en Catalunya y Euskadi.
Catalunya se convirtió gracias a su industrialización y la búsqueda de oportunidades, en una zona de gran emigración nacional. Más de 2,7 millones de personas procedentes de Andalucía, Extremadura, Castilla y Murcia, llegaron en las décadas de 1950 a 1970. Donde una gran mayoría se integraron y formaron sus familias.
Más adelante, entre finales del siglo XX y comienzos del XXI, Catalunya se convirtió en la comunidad autónoma española con más inmigrantes, tanto españoles como extranjeros. Donde el 25 % de la población catalana en 2025, son extranjeros. Catalunya se ha consolidado como una tierra de integración y acogida. Donde los prejuicios a los no nacidos en Catalunya, cada vez son menores. Aunque también existen partidos como Junts y Aliança Catalana que los conservan.
En Catalunya conocí, lo que es la diversidad y la integración. El no tener estereotipos creados, ni prejuicios. Cuestión que confirmé en mi periplo nacional: que ni los valencianos, ni los aragoneses, ni los madrileños, ni los castellano-leoneses, ni los canarios, ni los andaluces, eran peores que los catalanes, ni tampoco mejores. Porque es cuestión de personas y no de pueblos. Y, porque generalizar siempre es correr el riesgo de equivocarse.
Si lo catalanes tenemos el estereotipo de ser avariciosos, tacaños, secos y de hablar en catalán. Esto puede ser un rasgo común para una cierta parte, pero eso no significa que todos seamos así. Como tampoco podemos afirmar que los andaluces son flojos; siempre están de fiesta y están alegres; hablan mal el español; son incultos y que a todos les gusta el flamenco y los toros. Eso no es cierto. Cuando se tienen prejuicios, normalmente es fruto de la ignorancia y del racismo.
Las zonas de origen de la migración siempre han sido las provincias con menor renta per cápita y con una mayor dependencia de la agricultura. Andalucía, una vez terminada la guerra, el franquismo reforzó las estructuras de poder en el campo andaluz y extremeño, con grandes latifundios con una élite de «señoritos». Con una gran población asalariada sin derechos, con sueldos precarios y con grandes periodos del año sin ingresos y con mucha miseria. Los andaluces se fueron de sus casas a trabajar, a buscarse un trabajo. Como ahora hacen miles de inmigrantes que llegan a la península.
Los prejuicios contra los andaluces durante el franquismo, intentaron convertir ciertas costumbres en Andalucía, al resto de la geografía española. Donde los turistas llegaron a pensar que todos los españoles éramos flamencos y toreros. Después llegaron los estereotipos negativos como la vagancia, la falta de formación o la excesiva jocosidad, en medios de comunicación y publicidad.
Se llegó a decir que el andaluz era una forma inferior o incorrecta de hablar el castellano. Sin olvidar la estigmatización o «glotofobia» del acento andaluz. Donde siempre se asociaba el andaluz a una criada, a un camarero o a una persona realizando un trabajo muy precario. Donde aún en día, sigue habiendo comunicadores y artistas que han castellanizado su andaluz. Como forma de evitar un prejuicio lingüístico, que a menudo encubre clasismo y racismo.
Los andaluces y andaluzas votaron al PSOE para gobernar la Junta de Andalucía de forma ininterrumpida durante casi 4 décadas. El socialismo andaluz pasó de las mayorías absolutas a necesitar a otras formaciones para gobernar. Andalucía progresó notablemente durante dicho período, hasta que el clientelismo, el cansancio y la corrupción de el caso de los ERE, provocó el cambio. Hasta que Juanma Moreno, en enero de 2019, por primera el Partido Popular llegó a gobernar la Junta de Andalucía,
Las dos legislaturas de Moreno Bonilla no han comportado ningún cambio excepcional en Andalucía, aparte de una bajada de impuestos, la promesa de acabar con la corrupción y un deterioro en general de lo público, especialmente la sanidad. La ciudadanía andaluza fue libre de votar casi cuarenta años al socialismo, después cambiar al Partido Popular y ahora lo decidirán de nuevo, con su voto el próximo 17 de mayo.
Las andaluzas y andaluces identificaron siempre al Partido Popular con el clasismo, con el dinero, con los señoritos de los latifundios y cortijos. Ahora, ese prejuicio parece que ha cambiado: los que votaban a la izquierda, ahora se quedan en sus casas o han cambiado su voto a la derecha. Pero, siguen trabajando, hasta los que están en situación de desempleo, porque hay que pagar y comer.
En plena Feria de Abril, el jueves 23, Elías Bendodo vicesecretario de Política Autonómica y Municipal del PP, se atreve a decir criticando al socialismo que «los trabajadores andaluces les gustaba cobrar sin trabajar«. Una manera de caricaturizar y ofender al pueblo andaluz, que es el que mantiene a tantos «señoritos clasistas» como el señor Bendodo. Lo que no sabemos si el próximo 17 de mayo, la ciudadanía andaluza seguirá votando a los que utilizan los prejuicios para humillar o a los que defienden sus intereses.
