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El corolario del voto de la extrema derecha.

En política, un corolario es la consecuencia derivada de una postura ideológica, una proposición que no necesita prueba particular y se deduce con facilidad de lo demostrado previamente. El corolario del voto a la extrema derecha es el resultado de un discurso basado en la simplicidad de los mensajes, en presentar a “el pueblo” como víctima de las élites corruptas, buscando siempre un enemigo. Normalizando la mentira. Redefiniendo términos como “libertad”, “patriotismo” o “democracia”, con un negacionismo científico y teorías conspirativas para sostener sus posiciones. Además, de sus conceptos identitarios y excluyentes. Todo eso, más y peor, es lo que ahora más se vota y representa el mayor peligro a la democracia y a la sociedad plural que tanto nos ha costado crear.

Una extrema derecha que marca las directrices a la derecha tradicional, con una dialéctica que busca la polaridad, las contradicciones, la confrontación e incluso la vuelta al pasado, con el apoyo explícito de medios de comunicación y redes sociales, combinado con la miopía y estupidez de los que les votan. Un movimiento que parecía olvidado en España, sin resultado alguno en las urnas durante los años de la Transición, pero que ha vuelto. España no podía ser diferente a tantos países europeos de larga tradición democrática, en que surgió de nuevo la extrema derecha como corolario contra los movimientos migratorios, contra sociedades más igualitarias y cohesionadas respecto al género, contra la globalización económica, contra la lucha contra el cambio climático, contra la ciencia. Una actitud reaccionaria sobre el progreso, la diversidad y la democracia.
En España la extrema derecha estaba oculta en Alianza Popular y después en el Partido Popular, hasta que surgió la Fundación Disenso, presidida por Santiago Abascal, un laboratorio de ideas orientado a la defensa de valores como la libertad, la soberanía nacional, la vida, la familia y el Estado de Derecho. Que a finales de 2013, culminó con la fundación de Vox a finales de 2013 y su progresiva subida electoral en las diferentes convocatorias electorales.
La extrema derecha se retroalimentó de la corrupción política, de la escalada soberanista catalana, de la llegada de inmigrantes, de las medidas de restauración y memoria histórica o las políticas feministas. Una extrema derecha neofascista, xenófoba y machista que se ha convertido en la solución al Gobierno de coalición encabezado por Pedro Sánchez. Si el 15-M y Podemos pudieron ser la opción al bipartidismo del Partido Popular y el PSOE, ese papel se lo quiere dar la ciudadanía ahora a la extrema derecha.

El monstruo del neofascismo está haciendo un trabajo ideológico, obteniendo una representación cada vez más grande y obligando al Partido Popular a seguir las premisas de la extrema derecha. Además, esa parte de la sociedad de «indignados que fueron votantes progresistas y que ahora engrosan la abstención o votan a la extrema derecha. Esos que fortalecen el discurso del odio, la xenofobia, el machismo, la intolerancia y niegan la memoria. No pueden ser ellos los que estén en los gobiernos autonómicos o algún día en el Gobierno de España.

Esa misma extrema derecha que es determinante en el debilitamiento de la democracia como régimen de gobierno y condiciona enormemente la calidad democrática con su llegada a los parlamentos. Destruyendo la democracia desde las instituciones, con bulos, con una estrategia anti gobierno, forzando la judicialización de la política, luchando contra igualdad y defendiendo los intereses de los sectores más privilegiados económicamente de la sociedad. Y, a esos son, los que votan los más desahuciados e indignados.

El corolario del voto a la extrema derecha no sirve para solucionar la lucha contra la corrupción, ni para mejorar la transparencia de la política, ni para contribuir al desgaste y la confianza en las instituciones políticas, ni a favor de la democracia en general. La extrema derecha es la vía sucia que va en contra de la sociedad de bienestar, de los más necesitados, de los diferentes a ellos, de las mujeres, de los inmigrantes.

Pero, el mérito no es de la extrema derecha, es el fracaso de una izquierda que logró convencer a la ciudadanía de unos cambios sociales, de la ampliación de derechos,  disminuir la pobreza, garantizar lo público en educación, salud, medicina y pensiones. En definitiva, un Estado de bienestar que cada vez es más difícil de garantizar por las crisis económicas y la falta de previsiones presupuestarias, que cada vez deja más desigualdad. Y, que en parte es por acierto de la ultraderecha, que han sabido captar a esa ciudadanía harta y olvidada. Pero, que no se engañen, esa extrema derecha no mejorará sus vidas, porque ellos representan y defienden los intereses de los sectores más privilegiados económicamente de la sociedad.

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